YO PERDONO, TU PERDONAS


AGUSTÍN PEROZO BARINAS

Recientemente escuché a una señora, dotada de profunda sabiduría, aconsejar a un conocido ante un conflicto ‘insalvable’ que, según él, tenía con otra persona. No perdonaría nunca, exigía el alterado agraviado, sin una previa retractación por parte del ofensor.

La apacible dama entonces le preguntó si realmente creía en Dios, pues atendía culto. Éste le respondió que sí. De inmediato, mientras le ofrecía una taza de té de tilo, le dijo: “Si el Señor –dueño del Universo–, en quien crees, nos perdona todos los días, ¿por qué tú no puedes perdonar? ¿Acaso estás colocado por encima de Él?”

Como parece que en estos tiempos –dominio de don Dinero–, en que todo es una ciencia y nos creemos eternos, ajenos por completo a la fuerza niveladora de la guadaña y su inefable tajo de muerte, pensé en la trascendencia de ese consejo. El engreimiento, el egoísmo y la vanidad se han popularizado. Es Yo; por Yo, para Yo y de Yo.

“Lo mío es mío, y lo tuyo también”. Dinero y poder, sobre todas las cosas. Por éstos, todo por el todo. En este reino amoral, el perdón no cuenta, pues debilita.

Nos enseñan que el fin supremo de la política es alcanzar el poder y que “el poder no se entrega”. También tenemos que el poder, sin don Dinero, es una ilusión. Cierto es, las cuentas se pagan con dinero. “Es como una virtud, sobre todas las virtudes, incluido el perdón mismo”.

¿Pedir perdón, quien ostenta poder y dinero? Jamás...! Estos gemelos embriagan y ciegan. ¡Oh, sí, somos eternos como dioses! Y los dioses no piden perdón por sus actos. Eso es de los buenos y los débiles; los predecibles de siempre. El poder recorre su ruta entre la confrontación y el desgaste. Nueva sangre siempre renovará esta tensión.

Y así las cosas, la porfía prevalece, hasta que irrumpa la indefectible parca con su terrible máscara insondable y fría, que arrebatará todo, hasta el privilegio de perdonar; quizás en ese momento fugaz, temido y maldito, podremos reflexionar en... ¿de qué sirvió tanta soberbia?