UN JARRON AZUL


Agustín Perozo Barinas


“...Porque ese cielo azul que todos vemos/ ni es cielo ni es

azul. ¡Lástima grande/ que no sea verdad tanta belleza!”. Versos

atribuidos al español Bartolomé Leonardo de Argensola...

Sobre un vetusto y terroso muro enladrillado, reposa un

jarrón azul de tamaño mediano sin impresiones visibles y superficie

levemente lisa. Muestra dos asas curvas en cada lado que lo

embellecen. Contiguo al muro que es un primer plano ante un

huerto, que por su cuidado evoca un vergel, descansa una mecedora

de pino claro de amplio porte.

También hay verticalmente dispuesto un curioso barrilito pardo

que a forma de mesita sostiene una perfilada copa de cristal muy delicado y terso junto a una botella descorchada de un vino tinto francés. Es un “La Tâche” de Borgoña pero no se distingue claramente la cosecha en la pajiza

etiqueta algo raspada pero parece leerse ‘1985’ ó ‘1988’.

En este entorno Aribaldes medita. Piensa que muchos somos

proclives a confundir lo cierto por lo tramado. La verdad por la

mentira...

Se acomoda en la mecedora, vierte vino en la copa y

aprecia la tarde de cielo despejado y deslumbrante de esos días

frescos con inquietas brisas en marzo. Un marcado interés se centra

en el jarrón azul. Pero no tanto en el objeto en sí, sino en su

color. Es azul. ¿O no lo es, quizás? Decide cotejar esos métodos

oficiales de análisis, conclusión y presentación de las realidades

socio / político / económicas de la nación y ver cómo se desempeñarían

con este jarrón.

Anticipadamente duda que sea azul. Es un primer paso muy

revelador. Sin dudar no es posible objetar “verdades aparentes”.

Coloca un celofán amarillo traslúcido ante el jarrón. Llama a Demófeles,

que estaba de paso, y le cuestiona sobre el color del jarrón

mientras sostiene el pedazo de celofán entre el espectador y

la pieza. —Lo veo verde –responde despachadamente Demófeles,

algo intrigado por la pregunta, y se retira presuroso antes de

otra ocurrente consulta de su estrafalario amigo.

La población dominicana, la mayoritaria, entró al siglo veintiuno

con mal rumbo. Pero los datos oficiales exponen casi todo lo

contrario. ¿Entonces la percepción es la verdad?, murmura Aribaldes,

mientras aún delibera si este Grand Cru de Côte de Nuits

es cosecha ‘85 ú ‘88... Si se altera la percepción, la verdad es relativa,

y siendo relativa, es moldeable. ¡Qué apropiada engañifa para

acomodar informes estadísticos deformando verdades!

Se reclina en la mecedora con un ligero impulso hacia atrás y encomia en su pensamiento al artesano que la fabricó en Matanzas de Baní. Evoca

aquel otro español, nombrado De la Serna, quien escribiera

“No hay mejor destino que el de supervisor de nubes, recostado

en una hamaca, mirando al cielo”. —Debió imaginarse estos sublimes

cielos dominicanos para expresarlo– musita.

Para nuestros facundos demagogos la verdad desfigurada crea

un escenario ideal para manipular a un electorado coartado por

la desinformación para asimilarla así. Pero no se puede sostener

perpetuamente el celofán amarillo ante el jarrón e irremisiblemente

se mostrará como evidentemente es... un jarrón azul.

agustinperozob@yahoo.com