"REVISTAS CIVICAS": CAMPAÑA ELECTORAL 1934



LA REELECCION (1934-1938) / Fragmento.

Félix A. Mejía

… Trujillo había jurado solemne y teatralmente en Capotillo, que no se reelegiría, escogiendo ese lugar por haber sido teatro de una de nuestras más heroicas y brillantes gestas libertadoras, queriendo así, darle a ese juramento carácter nacional.

Pero eso no pasó de ser una mentira, porque, desde a fines de 1932 comenzó a preparar unas llamadas “revistas cívicas”, las cuales tuvieron lugar en toda la República durante el año 1933 y principio del 34, consistentes en una aglomeración de enormes masas campesinas y gente en general, las cuales de reata, y a manera de papagayos duchos, pero sin entusiasmo, pedían su reelección.

Vamos a ver en concreto lo que eran esas “revistas cívicas” para diversión del lector, tomando como modelo la celebrada en la capital, que fue la que nosotros vimos.

Un mes antes comienza en esta ciudad la campaña de prensa y de radio para preparar debidamente los ánimos.

En primera plana de cada periódico se dice todos los días del entusiasmo desbordante que reina en todos los ánimos para ese magno acontecimiento nacional; de los preparativos que se hacen para celebrar dignamente esa manifestación del pueblo soberano; del deber en que esta todo ciudadano de asistir a ese tributo de admiración y reconocimiento que el pueblo rendirá a su “Benefactor”,etc.

De esto se hace eco toda la prensa del país, y entonces tenemos que la cuestión no s local, sino general.

Llega el día tan vivamente esperado, y desde las primeras horas de la madrugada del montante cañón hiende el espacio, y, con su estruendo, unido la repicar de de todas las campanas, al silbar de las sirenas y pitos de la ciudad y a los aires populares de ocho o diez conjunto musicales que recorren las calles, impide el sueño a todo mortal. Debido a esto, muchos se tiran a la calle a curiosear o hacer compañía a los que no han dormido, pues con ese fin se están celebrando desde la noche anterior bailes y sancochos populares, tanto en el centro como en los rincones más apartados de la ciudad, los cuales son puntos de reunión, y donde han de converger los contingentes que ya están llegando, de todas las comunes y secciones de la provincia.

A las seis de la mañana comienza el desfile por las principales calles de la ciudad antes de dirigirse al sitio del evento: el campo de aviación, y donde se les servirá a esos esforzados paladines del civismo un suculento desayuno -panem et circenses- consistente en toda clase de víveres, lechones asados, chicharrón con casabe, chocolate, café, tabaco y su correspondiente aguardiente para pisar el desayuno y mantener el entusiasmo.

Lo encabeza la caballería, la cual a su vez esta encabezada por la cabeza del Gobierno, a excepción del homenajeado, tales como secretarios y subsecretarios de estado, senadores y diputados, jueces de la Suprema Corte de Justicia y de las Cortes de Apelación, Presidente del Ayuntamiento, Tesorero del mismo, Administrador de Correos, Administrador de la Lotería, gobernadores de provincias y demás altos dignatarios de la Nación, oficialidad del ejercito y de la policía y por último, casi todo el cuerpo consular y diplomático acreditado en el país.

Daba gusto ver a esos distinguidos jinetes, especialmente a esos señores extranjeros, con mas miedo que vergüenza en sus respectivas monturas, haciendo esfuerzos para que su Excelencia el presidente Trujillo los viera; y mas especialmente todavía al ministro norteamericano Mr. Shoenfef. Porque hay que saber que, según Rosas tenia en el Ministro inglés Mandeville casi un bufón y Machado el Ministro norteamericano Harry F. Guggemheim un cómplice, Trujillo tenia en el ministro yanqui Arturo Schoenfelf un asalariado, como lo tuvo también en un tal Avra Warren, y más que menos en todos los que han seguido a estos; por lo que tenia que hacerse ver, de manera a no perder el precio con que el amo remachaba mensualmente el plomo de su dignidad.

Seguían los alcaldes, síndicos y personas de valer en todas las comunes y secciones, y por último, siendo la mayor parte, la masa campesina que pudo venir montada.

Eran de verse esas cabalgaduras y esos jinetes: mientras mas pequeñas eran aquellas, más largas tenían las piernas éstos. A falta de silla había aparejo, y por ausencia de la brida estaba la majagua, pues la forma no importaba, lo menester era la presencia del jinete a fin de salvar el pellejo.

A la caballería seguía la gente de a pie, que era la mayor parte, confundiéndose la masa campesina, que fuera traída en camiones, con la crápula de la ciudad, y delirantes por el desayuno que les esperaba, vitoreaban a Trujillo.

Luego venía la sección de a pedal, la cual comprendía todas la bicicletas de la ciudad, siguiéndoles las de motor; y por último los automóviles.

El desfile era total alcanzaba una extensión de tres o cuatro kilómetros, no compactos, desde luego.

La algarabía producida por esos cientos de bocinas estridentes tocando continuamente; por el tronido del montante cañón; por la gritería de varios miles de hombres en obligada conmoción; unida esa algarabía a los acordes de varias bandas de música, al trotar de los caballos, al ruido de los motores y al de los aeroplanos, los cuales, haciendo acrobacias en señal de de regocijo descendían cuanto podían dejando caer sobre la multitud programas del acto con retratos de Héroe; unido todo eso además al aspecto físico de la cuestión, a no ser por los artefactos modernos, cualquiera hubiese pensado que se estaba en Mozanbique o en el Tansvaal cincuenta años atrás.

Era para morirse ver a esos vales y a esos atorrantes con sendas banderitas dominicanas de papel o un cartel concebido en estos términos: “Viva la reelección”, “Trujillo es la Patria”, “El pueblo pide la reelección de Trujillo para su salvación”, “Trujillo es único e insustituible”, etc.

Muchos portaban armas, de entre ellos, el que no tenía su revolver, cuya canana le salía un palmo de la chamarra, tenía un largo sable debidamente terciado, o su “gallito” al aire, o su “cinco clavos” bien visible.

Sujetos que nunca habían echado la pierna a una cabalgadura veíalos usted, no obstante, en las más vistosas, y con todos sus arreos, aunque con el estomago en la boca de puro trotar, armados de grandes pistolones y sables como si fueran a alguna batalla, tratando de darse aire de gamonal curtido, corriendo de acá para allá exhortando a vitorear al cacique.

Llegados al sitio escogido para a imploración, previo desayuno, comienzan a las diez los discursos, los cuales pasan de veinte, siendo radiodifundidos para que el mundo todo sepa del ardiente deseo que tiene el pueblo soberano de que Trujillo siga rigiendo sus destinos.