EL PARQUECITO DE LOS VAGOS




AGUSTÍN PEROZO BARINAS.

La llovizna había amainado media hora antes de la hora convenida y Aribáldes, que gustaba de la puntualidad, aseguró cinco pesos en sus bolsillos y tomó la calle. Se dirigió al Parquecito de los Vagos (o Plaza de la Constitución, lindante a la antigua Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús) frente al Ayuntamiento Municipal de la benemérita ciudad de San Cristóbal, en una caminata por la calle Sánchez, desde la Avenida Luperón, donde vivía con sus padres y hermanos. Eran las siete y media de la noche.

Aquel día, jueves treinta de agosto de 1979, había transcurrido como otros tantos de verano en el San Cristóbal “romántico” de entonces. Una persistente y ligera brisa del Sureste refrescó la atmósfera, particularmente calurosa ese mes. Del pavimento parcialmente cubierto con hojas empapadas por la lluvia emanó un olor terroso muy particular que retendría la memoria por toda una vida. Los perros que habitaban en los barrios del pueblo inquietaban con incesantes ladridos. Algo los mortificaba. En su trayecto, Aribáldes recordaba tres serenatas dadas la noche anterior, en un recorrido que inició con cinco amigos y que concluyó con dos, más o menos a la una de la mañana.

El Parquecito de los Vagos, contiguo también al Casino, era un punto de reunión de muchos jóvenes sancristobalenses formados en la década de los setenta. Todo se comentaba bajo la tutela de un busto del Patricio Juan Pablo Duarte en el centro de la pequeña plaza. Se compartían los cigarrillos, las inquietudes del momento, los chismes del día y se organizaban los “serruchos” antes de “romper la taza”.

Desde allí, unos marchaban al Casino, otros a la boite Montecarlo o a la boite La Plaza. Algunos a la terraza del Hotel Constitución o al Intermezzo. Todo dependía del monto del “serrucho” para cubrir el servicio en esos establecimientos. Los más pasivos iban a la heladería o al cine Duarte, ambos frente al Parque Central. Los enamorados del momento, a “hacer su esquina” de rigor. La vellonera del Hotel Constitución atraía con canciones de baladistas y boleristas en volumen prudente, pero había que organizar los exiguos presupuestos disponibles antes de sentarse en esa terraza a disfrutar de unas “frías”.

Se estaba pendiente y se compartía información sobre las fiestas “quinceañeras” de las compueblanas adolescentes. En esos cumpleaños se podía socializar con las muchachas, que casi no salían de sus casas, aparte del colegio o actividades familiares. También era importante asistir, “para dejarse ver”, a la “presentación en sociedad” de las señoritas del pueblo, evento anual que se celebraba en el Casino.

Era conveniente mantener presencia con galantería hidalga que sólo las serenatas y las rosas podían suplir. Se complementaba con “labia diestra”, pues a falta de otras prerrogativas para conquistar las muchachas, se entendía que las féminas se enamoraban por el oído, al menos en ese entonces. Casi todos tenían algo de poeta y algunos su cuota de “loco”, estigma obligado para los bohemios o inadaptados de la época. Y si la personalidad era contestataria se le enganchaba el mote de “comunista”.

Aribáldes llegó siete minutos antes, compró dos mentas “de guardia” y un cigarrillo Montecarlo en la “paletera” ubicada en la acera. Había que “hacer rendir el menudo”. Cuando Demófeles se presentó ya había un grupo de por lo menos trece jóvenes en camaradería, cada quien con una historia para contar. Lo que no se decía, mortificaba el alma.

Demófeles se adueñó aquella noche de la atención del grupo con invenciones. Poseía un curioso talento para narrarlas que se creía lo desarrolló mientras entretenía al grupo en el Parque Piedras Vivas, entretanto se esperaba la salida al mediodía de las estudiantes del Colegio San Rafael, frente a la Iglesia Nuestra Señora de la Consolación. No todo era estudio y deporte, aunque San Cristóbal se caracterizaba por fomentarlos con firmeza y era una comunidad reconocida por ello. También había tiempo para compartir entre amigos.

Los cuchicheos y las carcajadas resultantes en estas nocturnas peñas juveniles en el Parquecito de los Vagos, se escuchaban en todo el entorno, sobre todo alrededor de la glorieta del Parque Central, justo al cruzar la calle Padre Borbón. Ese “otro” parque era visto como una aburrida zona de veteranos y cocheros, excepto cuando la banda municipal de música animaba el ambiente con sus marchas y boleros los jueves y domingos. El tránsito en San Cristóbal era muy bajo en la época. Tal vez no más autos que coches.

Aribáldes se divirtió ese rato con los cuentos de Demófeles y los amigos que acudieron al encuentro. Casi a las diez todos tomaron su rumbo, repartidos en tres pequeños grupos separados. El “paletero” tuvo una buena venta de mentas y cigarrillos sueltos con estos muchachos. La brisa persistente de la tarde aún continuaba. Con preocupación se había informado en los noticiarios sobre un poderoso ciclón que amenazaba las Antillas Mayores, pero que podría mantener una trayectoria al sur de la isla, por el mar Caribe.

Luego de caminar unas cuadras junto a Demófeles y otro amigo por la Avenida Constitución pasando la Gobernación Provincial, Aribáldes se retiró a su hogar en la Avenida Luperón, casi en la cuesta del Castillo del Cerro. Decidió retornar a casa, para variar, atravesando el Parque Radhamés frente al Mercado Municipal. Esa arboleda le sentía bien en la noche, rememorando una tórrida aventurilla en uno de sus bancos. Sin embargo, al cruzar el parque, sintió que el viento ya era distinto a la brisa de la tarde ese día. Era más denso, quizás muy cargado. Caminó con cierta aprehensión por un presentimiento, pero no llegó a inquietarse demasiado.

Ya en la casa, buscó su esquina, tomó su guitarra y reinició la práctica de tres canciones en inglés, idioma que se esforzaba por aprender: “Share the Land”, “Imagine” y “Wild World”. Tenía planes para el día siguiente en el Parquecito de los Vagos, donde fanfarronearía sobre sus avances con esas canciones. En la próxima “domplinada” debía ser el centro de atención. Pero Aribáldes estaba equivocado. Aquel día siguiente, viernes 31 de agosto de 1979 el huracán David entró por la playa de Palenque y asoló, en horas de la tarde, aquel San Cristóbal “romántico” que nunca se recuperó como tal...

Hoy se recorre un San Cristóbal dinámico, una ciudad que se desarrolla buscando responder a los problemas que han surgido por su rápido, y hasta caótico, crecimiento. Aunque no se transformó totalmente con el impacto de aquel destructivo fenómeno, solo bastó un lustro luego del acontecimiento para que diera inicio en firme al nuevo San Cristóbal que se aprecia al presente.

El otro San Cristóbal, antes del huracán David, permanece en la memoria de los que lo vivieron. Muchos de aquellos muchachos emigraron. Otros se quedaron. Algunos regresaron. Pero todos llevan consigo, con nostalgia, esas remembranzas imborrables de lo compartido durante esos años mozos en el Parquecito de los Vagos de San Cristóbal.