PRODUCTOS MILAGRO

México DF, 13 de septiembre del 2009.- Hay fraudes que no van más allá del dinero perdido y del coraje entripado de la víctima, pero ¿qué pasa cuando tu vida se pone en riesgo?

Los llamados “productos milagro” son una industria en constante crecimiento, a pesar de que es bien sabido que, la mayoría, son un fraude.

La gente los compra con la esperanza de que sus promesas sean verdaderas, aun sabiendo que, al no ser recetado por un doctor, pueden resultar dañinos para la salud.

La entrevista que leerán a continuación cuenta la historia real de Claudia Teresa Rojas, una mujer que consumió uno de éstos productos y el único “milagro” que consiguió fue salir viva.

Claudia nos contará lo que fue vivir el infierno en un hospital después de haber tomado un producto milagro para adelgazar llamado Fattache por un periodo de mes y medio, el cual le ocasionó una embolia que, posteriormente, la llevaría al estado de coma.

Montserrat: “¿Cómo fue que decidiste comprar Fattache y no otro producto para adelgazar?”
Claudia: “La mera verdad es que el comercial me convenció, se me hizo un producto fácil de usar, y a demás, no estaba nada caro. Todas las noches lo veía y después de como dos semanas hablé por teléfono para ordenarlo. No sabes cuánto deseo no haberlo hecho.”

M: “¿Podrías explicarnos cómo funcionaba el producto? ¿Qué tenías que hacer?”
C: “Esa fue una de las cosas que me hizo que me animara. Se veía facilísimo, sólo tenía que tomar un par de pastillas antes de cada comida. Bueno, eso fue las primeras dos semanas. En la etiqueta te recomendaban ir aumentando la dosis a cuatro píldoras, igual, antes de cada comida. Ahí comenzó mi vía crucis.”

M: “Cuéntanos, Claudia, ¿qué sucedió después?”
C: “La segunda semana de empezar a tomarme las cuatro pastillas en cada comida, comencé a sufrir mareos, pero de esos que te tiran al piso, dolores de cabeza horribles y el día anterior, no podía mover el lado derecho de la cara. Como yo ya estaba acostumbrada a tomar el medicamento no sospeché que fuera eso (…) al día siguiente me paré de la cama y no supe más nada.

Recuerdo que, al abrir los ojos, estaba bajo un techo que no conocía, me di cuenta de que esa no era mi casa, estaba en un hospital, ¿cómo?, no sé, pero sentí un dolor de cabeza horrible, intenté gritarle a mi marido, pero tenía un tubo en la garganta. Entonces miré a un costado y él estaba dormido en un sillón, no se había dado cuenta de que yo había despertado. La cabeza me estallaba, jamás había sentido tanta frustración.

Como pude, reuní fuerzas para mover el barandal de la cama, mi marido saltó de la cama a verme y presionó el botón para llamar a la enfermera.

La enfermera me vio y salió corriendo. Yo estaba muy asustada, quería llorar pero ni eso podía hacer, mi marido no me decía nada. Estaba como ido, sólo sollozaba palabras que yo no podía entender.

Llegó el doctor y me explicó lo que me había pasado. Me dijo que llevaba 18 días en coma, que había sufrido una embolia cerebral, que un coágulo de grasa me había llegado al cerebro y que eso lo había causado.

Me quitaron el maldito tubo, tenía mil preguntas en la cabeza, imagínate ¡yo no sabía ni dónde estaba y ellos diciéndome cosas que no entendía!, pero seguía sin hablar, no salía sonido de mí, como que no podía sacar suficiente aire para ser escuchada.

Mi marido tomó el celular y después llegaron mis hijas.

Todos lloraban a los pies de mi cama. Estaban entre contentos y confundidos, no sé (…) todo era muy raro”.

M: “¿En ese momento entendías que las pastillas eran la causa?”
C: “No, no tenía idea de lo que pasaba. Después de dos días me dieron de alta, ahí fue cuando el doctor me dijo que la grasa había llegado a una de mis arterias cerebrales y que esto había sido causado por el Fattache.

Lo que pasa, es que el veneno ese encapsula la grasa, pero, de alguna manera, unas células de esa grasa agrupada llegaron a mi cerebro.

Me sentí tan mal, tan deprimida, tan impotente, tan estúpida… ¿cómo era posible que yo sola me hiciera eso? ¡yo sola logré preocupar a toda mi familia! ¡casi me mato por estúpida!"

M: “¿Cuándo finalmente llegaste a tu casa sentiste alivio?
C: “¡No! Ya en la casa la situación era peor. Todo el mundo llegaba a verme, pero yo sentía que se iban a burlar de mí; “vamos a ver a la estúpida que hizo sufrir a toda su familia por vanidosa y por pendeja”.

M: “¿Cómo superaste ese dolor?”
C: “Todos los días le rezaba mucho a Dios que me perdonara, que me perdonara por haber hecho sufrir a mi familia. Después me di cuenta de que traía una depresión horrible. No salía de mi casa, no comía, no me bañaba…hasta que mi marido me dijo: “me hace más daño verte así, sin ganas de vivir, me siento peor y más impotente que cuando estabas en el hospital”

Me di cuenta, en ese momento, de que yo necesitaba ayuda profesional, que si la porquería esa no me había matado, mi depresión sí lo iba a hacer.

En serio no podía salir de la casa, agarré el teléfono e igual como ordené las pastillas, le hablé a un psicólogo que encontré en la sección amarilla y le pedí que fuera a verme.

Después de mucha terapia he entendido que, sí, cometí un error, y uno muy grave, pero que nada de eso fue mi culpa, le pudo pasar a cualquiera".

M: “¿En qué manera cambió tu vida esta experiencia?”
C: “En todas. No hay día en que no me levante sin darle las gracias al Señor y sin la intención de vivirlo al máximo.

Antes era más enojona y dejaba que mi marido y mis hijas se fueran de la casa peleados, yo sé que te va a sonar cursi pero, ahora no dejo ni un problema sin platicar y sin solucionar. Te aconsejo que trates de hacer lo mismo. No sabes si mañana no vas a poder pedirle perdón por lo que acabas de hacer, y tampoco sabes si sí te van a perdonar de corazón, y, también habrá veces en las que seas tú la que necesite perdonar. Hazlo, y hazlo de corazón.”

Montserrat Alquicira
- Reportera